El monstruo de la violencia, la indiferencia y el abandono en la infancia

Actualizado: mar 8

“A México lo imagino más bien como a un paciente de terapia intensiva, no necesariamente de una edad específica; puede ser un niño, puede ser un adulto, pero lo importante es que está muy necesitado de alivios” - Juan Villoro

El día 4 de octubre en el Ecatepec en el estado de México se dio a conocer una historia que horrorizó a la comunidad debido a que se detuvo a una pareja la cual transportaba una carriola con restos humanos, restos que pertenecían a mujeres. Más aún, despertó la indignación después que se filtrara el video de una parte de la entrevista realizada por las autoridades a “Juan Carlos N” y los motivos que brindó para realizar tales actos. No entraremos en detalles para hablar o analizar este caso en específico o de un posible diagnóstico de esta persona, sin embargo, tomaremos dos elementos que aparecen en el relato de “Juan Carlos N” y que creo son los que han provocado emociones y posturas ambivalentes del público hacia este sujeto: por un lado, se encuentra una parte del relato de la historia de su infancia y por otro lado, la falta de empatía y la brutalidad al realizar los asesinatos.


Con respecto a la falta de empatía, no es la intención dar un diagnóstico a este caso, pero, así como se habla de depresión, tenemos que hablar de psicopatía. Existen diferentes términos que también se utilizan o que varían dependiendo de la teoría del comportamiento que la sustenta y de características directas de lo sujetos (por ejemplo, la edad). En la literatura lo encontramos como psicopatía, trastorno antisocial, trastorno del comportamiento y trastorno disocial (estos dos últimos se utiliza en menores de edad), siendo estos diagnósticos los relacionados con este tipo de crímenes, aunque las personas que presentan esta sintomatología no siempre llegan a cometer delitos. No obstante, sí demuestran una marcada falta de empatía, carecen de remordimiento y de capacidad para respetar los derechos de los demás, poseen baja tolerancia a la frustración, evidencian impulsividad y tienden a ser manipuladores.


En México han existido diversos e innumerables casos, actos y delitos realizados por personas con estas características. Me atrevo a decir (como ya anteriormente lo mencionó el psicólogo Robert Hare) que este tipo de particularidades está presente en personas que incurren en violencia familiar, feminicidios y homicidios, pandillerismo, lesiones graves, violaciones, fraudes, en algunos casos de acoso escolar, etc. Desafortunadamente para nosotros, en nuestro país venimos cargando con problemas graves de crimen organizado, grupos delictivos y cárteles (por cierto, también con partidos políticos) que le da cabida a este tipo de sujetos con estas características de personalidad para llevar a cabo acciones atroces para amedrentar a la población y a grupos rivales. Aquí más que hacer énfasis en las particularidades de estos sujetos, es plantearnos qué es lo que genera que alguien desarrolle estas características, siendo Juan Carlos N quien nos da un punto que se relaciona con la génesis de esta situación: la crianza en la infancia.


Me es importante puntualizar que en ninguna circunstancia se debe de justificar las conductas y delitos que cometió Juan Carlos N, sin embargo, la historia que relata acerca de su infancia nos brinda un panorama de las consecuencias graves que genera el maltrato, el abandono y la violencia en los infantes, ya que estos factores influyen (aunque no en todos los casos) en la vida posterior del niño y en la capacidad para experimentar preocupación por los demás.



Este caso está más allá de un problema familiar común, sin embargo, necesitamos madres y padres suficientemente buenos (haciendo uso del término empleado por el psicoanalista Donald W. Winnicott) ya que en la medida que un niño crezca y se desarrolle en ambiente afectivo, cálido, amoroso y con protección, aunado a límites firmes, conseguirá obtener herramientas para hacer frente los diversos problemas, conflictos y retos de la vida. Igualmente, lo lleva a respetar la vida de los demás, sentir empatía y cuidar a quienes lo rodean. Incluso, aprender a experimentar el enojo con alguien sin destruirle, expresar inconformidad cuando no está de acuerdo, dar lugar a los otros y a sus ideas, aunque estas sean diferentes de las propias; afrontar situaciones traumáticas y sobreponerse a las mismas.


Hay que recordar que en todo niño o niña (en todo humano, sin excepción) existe la agresividad, la cual de alguna manera consigue manifestarse, siendo el trabajo de los padres, tutores y posteriormente de los maestros, quienes tienen la responsabilidad de contener estas emociones y su vez posibilitar a los menores de canalizarlas de forma asertiva, por lo que es importante atender las siguientes puntualizaciones y recomendaciones.


Es necesario estar al pendiente de cómo nuestros hijos (alumnos, sobrinas, etc.) canalizan la agresividad y si alguna vez han provocado daños físicos a terceros, por ejemplo, a compañeros de escuela, maestros, hermanos y mascotas.


Todos por error o sin intención podemos llegar a dañar, sin embargo, hay que observar cual es la reacción de nuestro hijo ante dicho daño: ¿existe culpa? ¿desea reparar? ¿tiene tristeza? ¿denota alegría? Es en la presencia de estas respuestas en las que podemos diferenciar si existe o error o se actuó por impulso, que esta sería una situación para atender de forma inmediata.


Un síntoma grave es que el niño no juegue, principalmente desde temprana edad. Cabe puntualizar que, en púberes o preadolescentes, dejan algunas conductas de juego, pero continúan con diferentes.


El lograr soportar con firmeza los embates y el reto de los menores, lo que no significa ser indulgentes. Es sumamente desgastante y cansado lograrlo, eso es un hecho que no se puede evitar. Si por alguna razón, las reacciones de los niños generan una irritabilidad “insoportable” en los padres, se requiere de ayuda profesional, no hay que olvidar que como padres estamos atravesados por la historia, la educación y la infancia personal, factores que pueden dificultar o facilitar el lograr con esta ardua tarea.


Crecer en un ambiente afectuoso en el que reciba protección, le facilita al niño o la niña sentirse acompañado, desarrollar confianza en quienes lo cuidan y posteriormente en sí mismo. Finalmente, esto trae como resultado que respete, proteja y cuide de los demás.

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