La experiencia de amor en la infancia


Amor entre padres e hijos

Este artículo comienza con la pregunta sobre: ¿Cómo es la experiencia del amor en la infancia? Aún en nuestros días la relación entre padres e hijos sigue siendo idealizada y poco complejizada, parece que cada vez hay más respuestas que preguntas. Ante nuestra disciplina que se encarga de la complejidad de lo humano es oportuno abrir la pregunta sobre la experiencia del amor en la familia, pues de ahí partirán nuestras primeras experiencias. “No sin buen fundamento el hecho de mamar el niño del pecho de su madre se vuelve paradigmático para todo vínculo de amor. El hallazgo (encuentro) de objeto es propiamente un reencuentro.” (Freud, 1905, pp.203.)


Freud(1915) considera una existencia desligada de la concepción del instinto o la función meramente somática del cuerpo. La pulsión entonces es la huella del otro en el cuerpo que transita de la necesidad al deseo. Pereña(2011) nos habla sobre la agresividad inicial que se despierta ante nuestra fragilidad humana que nos hace dependientes del otro. Lo cual produce dependencia y a la vez desencuentro, podemos pensar que desde los inicios de nuestra vida nuestra relación con el otro es conflictiva y ambivalente.


La vida amorosa de cada individuo será una historia de encuentros y desencuentros, de constantes pérdidas y estados de duelo. La insuficiencia de la experiencia con el objeto primario nos mantiene en búsqueda constante de algo que nos complete, sin embargo la condición de la vida es que todo falle en sí mismo para mantener al individuo y su deseo en movimiento hacia lo vivo, ya que el encuentro con la completud equivaldría a la muerte. El conflicto es inaugural, por lo tanto forma parte de la experiencia de subjetivación, nace de la naturaleza de nuestros objetos libidinales (padres) que a la vez son sujetos y por tanto nunca se podrá hablar de una adecuación ideal del bebé y sus padres.

Desde los inicios de la vida el otro es tanto condición como obstáculo para la vida. Esta paradoja es lo que Pereña(2011) señala como lo que motiva la agresividad del individuo, ya que tiene que confiar su identidad a alguien a quien también teme.



Desarrollo psicológico del niño.

No podemos deshacer la dependencia que tenemos hacia el otro, a lo máximo conseguiremos metaforizar su ausencia. La posibilidad del amor no nace de la presencia física, sino a la capacidad de conservar al otro en su ausencia.

Cuando el objeto amoroso esta lejos y se desbordan los fantasmas persecutorios la posibilidad de amar queda inhabilitada por los deseos de poder y el ejercicio de los mecanismos más primitivos que remontan a nuestro desarrollo psicológico de la primera infancia en donde lo que esta en juego es la lucha por la autoconservación del yo.


El humano no ama exclusivamente a su semejante por naturaleza, Freud(1915) dice que lo que surge en el lactante es el amor narcisista (indiferencia ante el mundo) , seguido por una serie de imbricación de odio y amor hacia el mismo objeto de manera separada. Para el niño pequeño sólo existe la posibilidad de amar idealmente u odiar destructivamente. Más adelante si se encuentran las posibilidades de diferenciación y separación, el niño dará cuenta que ese a quien odia también ama y lo satisface por lo cual entrará en la ambivalencia.


Nuestro primer objeto de amor para todos es la madre. Ella inscribe huellas de sus cuidados en el cuerpo de su bebé desde que nace como mero organismo hasta que se convierte en persona inscrita en la cultura y el lenguaje. Desde el vientre el bebé dispone del cuerpo de su madre para sobrevivir, en este estado no hay necesidad pues todo es cubierto, no hay diferencia entre el frío y el calor, o el hambre o la sed, existe una simbiosis.


Si todo va bien posteriormente en el nacimiento la madre es perdida por un momento y recuperada. Este reencuentro se inaugura lo psíquico, el otro nos convoca a la vida tras un llamado que ponga en marcha la vida psicológica. El pecho se vuelve objeto de nuestra satisfacción y frustración, en este tramado de dolor y calma se van tejiendo los primeros esbozos de nuestra vida interior en donde por largo rato dependeremos totalmente de ese pecho, de esa madre que nos devuelve con su mirada y cuidados el espejo de quiénes somos y nos inscribe en su deseo al cual nos alienamos y que en un primer momento es

constitutivo.



Mamá y bebé

A este momento Winnicott(1960) lo denomina sostén y constituye el narcisismo primario de todo individuo, el cual es reforzado por la madre promoviendo la ilusión de una madre suficientemente buena que satisface las necesidades de su bebé mágicamente. El tipo de amor y placer que monopoliza la escena es autoerótico en donde no se concibe al objeto separado; de esta diada surgirá el niño. Si la madre no se presta como espejo para devolver una imagen que organice el psiquismo podremos pensar que el sujeto quedará atrapado en lo pictográfico, lo originario que no bordea un cuerpo, sino meramente un organismo sin vida psíquica. Si el rostro materno no convoca, el espejo será algo que se mira, no algo dentro de lo cual el individuo se mira y reconoce.


Cuando el juego del niño entra en escena, el bebé se a dado cuenta de que la mirada de la madre está también en otra parte, que él no es su todo, este dolor se vive como frustración y el bebé recrea activamente lo que vivenció pasivamente. Echa al objeto lejos y lo vuelve a encontrar. La repetición del juego de aventar y encontrar abrirá las posibilidades de simbolizar la ausencia y soportar así el dolor de dejar de ser el complemento de la madre, su todo. Este juego llamado por Freud “Fort- Da” es un tiempo de inscripción en la historia del sujeto, mantiene a la madre presente en el juego y fantasía a pesar de estar ausente. Esto inscribe el campo de lo simbólico y posibilita transitar el duelo que conlleva la experiencia de las constantes perdidas a las que estaremos sujetos durante toda la vida.



Si el Fort-Da fracasa o nunca logra transcurrir en la vida de un niño, su subjetivación estará comprometida y también su posibilidad de acceso al mundo de lo simbólico. Para que el hablar tenga la propiedad de crear, imaginar, nombrar y trazar fronteras se necesita este acceso al símbolo que lo facilite y posibilite el desarrollo de un individuo por derecho propio. Y hablar de amor en estos terrenos nos permite pensar que tanto es importante la alienación con la madre como la separación que permita la diferenciación e individuación. Puesto que sin esto último se hablaría de un amor que transmite la muerte , el cuerpo alienado será la tumba del sujeto producto de un amor arrebatado a una angustia impensable en donde los tiempos de la infancia quedan imposibilitados y no fundantes del individuo. Una madre tiene que experimentar de algún modo que tener un hijo es perderlo, es perder. La vieja depresión postparto se debe a esta idea: hay un duelo en el hecho de dar la vida. Porque el hecho de dar la vida, de transmitirla, es aceptar otra vida, y eso no se puede hacer sin el duelo de perder la propiedad de la vida. (Pereña, 2011, pp.264.)



Jugar es fundamental para el desarrollo infantil.

Que los primeros objetos libidinales y de agresión en todo origen sean apuntalados hacia la madre y el padre complejiza la comprensión sobre nuestras historias de amor desde el primer momento, ya que la condición de desamparo con la que nacemos y nos mantenemos durante largos años hacen que la complejidad reine sobre nuestros vínculos amorosos teñidos de huellas profundas de los inicios de nuestra existencia.


Para finalizar podemos concluir que el amor en la infancia es originariamente narcisista y proviene de la capacidad autoerótica de satisfacer necesidades de conservación. Más adelante pasa a los objetos que se incorporan en la oralidad y el yo se amplía y busca los objetos como fuentes de placer. Las etapas previas al amor adulto se representan parcialmente en el desarrollo psicológico de todo niño. En la etapa oral, la incorporación o devoración será una modalidad de amor que no concibe la existencia separada del otro. En la etapa anal el yo se organiza de manera en donde sus intentos por alcanzar el objeto de amor-odio se presentarán como un esfuerzo de apoderamiento y volcará su sadismo no importando su aniquilación. Dentro de estas etapas primarias la diferencia entre el amor y el odio es apenas percibida. Freud(1915) propone que el amor evolucionado del adulto se encuentra en ceder una parte del narcisismo propio e investir al amado quedando vulnerable a la diferencia y a la contingencia del encuentro con el otro que a la vez es un reencuentro pasado presa de pasiones humanas que se irán integrando al paso del tiempo. Me pregunto si realmente es posible alcanzar un amor superado de la incorporación o del sadismo en donde poco importa la aniquilación del objeto. Sobretodo en el contexto en que vivimos como sociedad en donde la violencia y el ejercicio del poder parecieran monopolizar las relaciones humanas.



Psic. Karla Alvarez Cruz

Psicóloga de Niños, Adolescentes y Adultos

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