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Artículos sobre Ayuda Psicológica

Actualizado: 8 mar 2020

Hace apenas unos días (17 de enero de 2019), la OMS en un comunicado de prensa mencionó las 10 principales amenazas de salud para este año 2019, en donde ubica al suicidio como la segunda causa de muerte en personas que se encuentran entre los 15 y 19 años de edad, conducta que a su vez se ubica dentro de las enfermedades no transmisibles que afectan a la población mundial.


En otra publicación de la OMS, se afirma que en el período de 1990 a 2013, el número de personas que sufren de depresión o ansiedad se ha incrementado hasta en un 50%, afectando a millones de personas, cifras que también se han reflejado en nuestro país. El INEGI menciona que el índice de suicidios se ha ido incremento, registrándose el número más alto en el año 2017 con 6,559 defunciones, sin considerar aún no se cuenta con las estadísticas del año 2018. También aparecen los estados de Yucatán y Aguascalientes como las entidades en las que ocurrieron el mayor número de suicidios, aunado a que el estado de Jalisco se encuentra en el séptimo lugar y Nuevo León en el décimo lugar a nivel nacional.


Si bien el suicidio, no es un trastorno ni tampoco una enfermedad en sí misma, el acto se vincula a otros padecimientos emocionales como la depresión, la esquizofrenia u otros trastornos afectivos, condiciones emocionales que como lo especifican las estadísticas referidas, han ido en incremento en los últimos años. Es aquí donde tenemos que detenernos a pensar en qué es lo que está ocurriendo en nuestro entorno para que surja esta situación que pareciera ser tan desalentadora, siendo importante abrir interrogantes que nos puedan dar un camino para hacernos cargo de lo que sucede: ¿Es la convivencia? ¿Esto viene de problemas familiares? ¿Existen pocas oportunidades laborales? ¿Existen pocas opciones para atender problemas emocionales? ¿Es hereditario? ¿Qué hay en mí, que me tiene tan triste?


Vivimos en un mundo acelerado, enfocado en la producción, donde se reduce al sujeto a ser una “cosa”, un ente enfocado en producir objetos, entregar números, cumplir con metas a costa de su tiempo, de la convivencia, de su cuerpo, de su salud, a costa de su psiquismo, por lo que resulta indispensable comenzar a tomar en cuenta estas condiciones. No para justificarlas, no para mencionar que “es normal” que alguien se sienta de tal o cual manera, sino para pensar en qué es lo que tenemos que hacer. También en la actualidad estamos menos dispuestos a escuchar y a acompañar. Incluso, pareciera que estamos más enfocados en realizar juicios de valor a quien demuestra la mínima vulnerabilidad, mostrándonos críticos ante eventos de suicidio. Para muestra hay que observar cuales son los comentarios y expresiones que aparecen en redes sociales entorno a noticias referentes a los suicidios que han ocurrido en el estado de Nuevo León, donde aparecen ataques argumentando “falta de valentía”, incluso algunos comentarios llegan a ser bastante violentos. ¡Que angustia produce el pensar en el sufrimiento que una persona tuvo que pasar, para tomar tan dolorosa decisión!


Es esta angustia la que genera el que de cierta manera tengamos puntos ciegos que no nos permiten darnos cuenta cuando alguien cercano a nosotros sufre de depresión. Es por ello que cuando ocurre un suicidio, deja muchas dudas, incógnitas y culpa en los allegados del fallecido o fallecida, por la sensación de incapacidad de haber advertido lo que le ocurría. Más angustia puede provocar, el poder ver que cuando una persona termina con su vida, ya llevaba buen tiempo en un estado emocional ensombrecido, no es un solo hecho el que lleva a una persona a atentar contra su vida, sino una serie de circunstancias a las que estuvo soportando y que se desencadenan con el término de la vida.


Ya Freud había descrito este estado anímico al que asignó como melancolía, diferenciándolo del duelo como un estado en el que el sujeto presenta una desazón profundamente dolida, una cancelación del interés por el mundo exterior, la pérdida de capacidad para amar, la inhibición de toda productividad, autoreproches y auto denigraciones constantes que llevan a la persona a buscar un castigo, condiciones internas aunadas a la desesperanza difundida por la cultura, la economía y el entorno, crean un ambiente poco facilitador que impiden al sujeto tener alguna capacidad de gozar de “lo que sea”, de ahí que parezca todo oscuro y desesperanzador.


El estigma que se tiene para personas que intentan quitarse la vida, es un agravante que impide el brindar una atención oportuna a quien le aqueja la depresión ya que suelen realizarse comentarios devaluatorios o de minimización de los sentimientos que experimentan. El acto suicida no es una muestra de fortaleza ni de debilidad, sino una respuesta ante un dolor inmenso que la persona estuvo experimentando por un largo tiempo. De allí que algo importante que hay que realizar es estar al pendiente (en la medida que sea posible) de nuestra propia condición emocional y de los cercanos. No se propone una solución persecutoria o de vigilar para que el otro no se haga daño, sino de abrir caminos para escuchar y atrevernos a pedir ayuda, lo que nos abre posibilidad de hacer algún cambio, no para mejorar las estadísticas, sino para que como personas logremos disfrutar de la vida y de lo que hay en ella.

 
 
 
  • 31 may 2019
  • 3 Min. de lectura

Actualizado: 8 mar 2020

“Necesito de alguien, que venga a luchar mi lado sin ser llamado. Alguien los suficientemente amigo, como para decirme las verdades que no quiero oír, aún sabiendo que puedo irritarme. Por eso, en este mundo de indiferentes, necesito de alguien que crea en esa cosa misteriosa, desacreditada y casi imposible: ¡la amistad!” - Charles Chaplin

Amistades saludables.

El 14 de febrero se ha convertido en una fecha celebrada en muchos países y que en la actualidad dicha celebración se ha convertido en una celebración orientada al consumo, reduciendo y desvalorizando el vínculo que permite establecer una amistad genuina. Estamos en una época en la cual por un lado, las relaciones tienden a ser superficiales y pasajeras y en el lado opuesto, a establecer relaciones en las que una persona se tiene que entregar por “completo” al otro, abandonado todo el ser al servicio del amigo, posturas que en cualquiera de los casos producen dificultad para confiar y disfrutar de una amistad de forma favorable.


Numerosos pueden ser los ejemplos que podemos brindar para identificar y diferenciar entre una amistad verdadera, saludable o si ésta resulta dañina. Cada amistad tiene diferentes tintes, diferentes historias, personajes y tiempos. Enseguida mencionaré algunas circunstancias que he visto en la consulta, circunstancias de las que tenemos que estar atentos para hacer modificaciones en cómo elegimos nuestras amistades, en qué es lo que damos e incluso, en lo que no damos de nosotros mismos.


Amistad por sacrificio. Aquí es donde nos posicionamos al servicio del otro de forma total, dejando el respeto de uno mismo, por cumplir con lo que nuestros amigos desean ya sea apoyo, tiempo, dinero, atención, etc. Pero con la particularidad de no recibir de forma recíproca lo que ofrecemos.


Amistad por aprobación. Este es un punto importante dado que en ocasiones podemos llegar a abandonar nuestros objetivos, ideales o principios con la finalidad de ser aceptados por el otro, involucrándonos en situaciones de riesgo para nuestra integridad o en las que no estamos de acuerdo.


Amistad condicionada y restrictiva. Esto se puede observarse cuando un amigo/a ejerce control sobre el otro, impidiendo desarrollo de otros vínculos afectivos (pareja, familia o de otras amistades) e incluso, objetivos laborales, escolares o personales.


Es importante mencionar que todos los ejemplos anteriores, son errores que también estamos sujetos a cometer, de allí que es importante tener una percepción abierta acerca de nuestras limitaciones, inseguridades y estado emocional, ya que, de forma conjunta influyen en que uno mismo permita que nos posicionemos en situaciones en la que no se recibe afecto y en las que tampoco brindamos algo de nuestra parte para retroalimentar a nuestras amistades.


Amistades saludables.

Entonces, ¿qué es una verdadera amistad y qué implica? La amistad es un proceso que se alimenta y se construye en diferentes tiempos y, como toda relación, se realiza de forma gradual requiriendo de cuidado, trabajo, confianza, lealtad, discreción y respeto por el espacio y la individualidad del otro. De esta forma se permite crear un espacio donde se busca el crecimiento personal y también del desarrollo del amigo o de la amiga. Incluso el tiempo y el espacio, son permitidos, de tal manera que ante la ausencia de quienes conforman la amistad puedan tomar rumbos distintos, y a pesar de ello, logren retornar ante una adversidad, decepción o para compartir las experiencias vividas en otros lugares.


La celebración no se reduce al festejo de un sólo día. Tampoco se reduce a amistades de un sólo género, ni tampoco restringe la entrada de alguien más. Se puede ofrecer (subrayando y haciendo énfasis en ofrecer) del apoyo y acompañamiento en situaciones difíciles, más no demanda una entrega total del tiempo y del consumo del otro. Implica ser receptivo ante la inconformidad y el desacuerdo, así como también apertura en escuchar las áreas de oportunidad que nuestros amigos nos detecten. Se permite el error, de tal manera que la equivocación no implica una destrucción del vínculo, haciendo un cuidadoso uso de las palabras error y equivocación, ya que ambos son fallos que pueden acceder a una reparación de un daño siempre y cuando la acción realizada haya sido accidental y no deliberada o con el objetivo de dañar.


Finalmente, para disfrutar de una amistad implican dos tareas. La primera implica ser amistoso con uno mismo de tal manera que uno pueda amarse para lograr brindar amistad a los demás con límites que protejan nuestra individualidad. La segunda tarea implica dar afecto genuino permitiendo el crecimiento y el error del otro, sin anularlo. Ambos factores permitirán que uno mismo, el otro o el grupo, logremos compartir y recibir afecto de forma recíproca.

 
 
 
  • 31 may 2019
  • 5 Min. de lectura

Actualizado: 8 mar 2020

Los villanos de la vida real

No hay historia sin villano. Incluso en la literatura, en el cine (desde las películas las películas románticas y en las de comedia), en dibujos animados, series de televisión, etc., en muchas historias existe un personaje con tintes malvados y perversos que le dan sentido y adversidad a la trama. Dichos personajes seducen al público, provocan atracción, tanto en el sentido de admirarles, como también en la búsqueda de perseguirles. Las características de los villanos se relacionan con personalidad psicopática y aunque no es así en todos los casos, quienes comparten las particularidades de un profundo desinterés por los demás, pueden entrar dentro de este tipo personalidad.


Muchas de las historias narradas suelen terminar con final feliz. Sin embargo, esto en realidad no ocurre con frecuencia, al contrario, cuando alguien llega a relacionarse o vincularse con una persona con psicopatía, las historias se vuelven tormentosas y regularmente no tiene un desenlace favorable. En la vida cotidiana, resulta más común de lo que pensamos el estar cerca de alguna persona con características de psicopatía, incluso lo podemos observar de forma tangible en las noticias que vemos a diario aunque que tal vez no parecieran tener un repercusión o una magnitud grave de sus acciones: políticos que abusan de privilegios y del poder, estafadores, vendedores de cualquier método de “curación milagrosa”, criminales, empresarios sin escrúpulos, profesionales ejerciendo sin ética, personas que incurren en violencia familiar grave. Todos los anteriores, cuentan con características en común, tales como: un desinterés significativo por el derecho de los demás, carente capacidad de sentir empatía, una marcada tendencia a mentir y a manipular a los demás, falta de remordimiento y están impedidos a modificar su comportamiento, etc. Cabe mencionar, que no en todos los casos presentan todos estos rasgos de personalidad, ni todos quienes cometen crímenes son psicópatas. Tampoco, todo sujeto con psicopatía o trastorno antisocial de la personalidad llega a cometer actos en contra de la ley.


Igualmente, existe debate en diferentes ciencias (psicología, sociología, biología y criminología) para establecer si existe una “cura” o una modificación de la conducta en este tipo de casos, ya sea para tratamiento psicológico o en el ámbito penitenciario, donde en este último se pone en duda la capacidad de reinserción en personas con estas características. Lo que es un hecho y en base a la experiencia personal y de diversos colegas en materia de psicología, es que en muy pocas ocasiones (haciendo énfasis en muy pocas), alguien con esta problemática asiste a algún tipo de psicoterapia, al menos que ésta sea solicitada o impuesta por una autoridad en una cuestión legal o de tratamiento penitenciario, o en dado caso de asistir a tratamiento psicológico no es a causa de las repercusiones que generan ellos en los demás por su comportamiento.


No obstante, hay que preguntarnos cómo es que a pesar de que en la actualidad existe tanta información acerca de la psicopatía o el trastorno antisocial, aún tenemos problemas graves en todos los ámbitos. La respuesta está en dos características adicionales: por un lado, poseen una marcada habilidad para agradar a los demás y, por otra parte, logran detectar con mucha facilidad los puntos vulnerables de las personas, condiciones que facilitan el abusar de terceros. Un ejemplo tangible y que nos aqueja como sociedad lo podemos observar en los casos de violencia familiar, de allí que no es poco común observar las dificultades que tiene la víctima para conseguir moverse de una relación en la que está en riesgo su integridad física y emocional. Tampoco es inusual escuchar a las víctimas de este tipo de dinámica mencionar que el agresor muestra una cara o fachada totalmente distinta frente a las personas externas al núcleo familiar, donde incluso personas ajenas a la problemática pueden poner en duda la violencia que ejercen los agresores.


Entonces ¿qué debemos hacer frente a esto? Ante esta circunstancia podemos tomar varios caminos. Uno de ellos tiene que ver con la prevención desde la crianza de todo individuo el cual es el camino más importante y que puede ser más fructífero con el paso del tiempo, no obstante, es la vía más menospreciada por las autoridades tanto de seguridad pública e incluso por las de la salud para intervenir con familias que lo requieren. Sin embargo, sabemos gracias a aportaciones de diferentes ramas de la psicología, en especial la concernientes al psicoanálisis, que el proveer de un ambiente afectivo y de protección a los infantes, les permite a los niños y niñas desarrollar preocupación por sí mismos y por los demás, generando que en la edad adulta pueden experimentar la empatía.


Los villanos de la vida real. Thanos, villano de Marvel.

Otro camino tiene que ver con el trabajo preventivo con el agresor, aunque como ya se mencionó anteriormente, resulta ser el más complicado ya que si el “villano” tiene arraigado un desinterés en el modificar su comportamiento, difícilmente logrará asumir como desajustadas sus acciones. Es importante puntualizar que solo esto aplica si la persona realmente presenta características reales de psicopatía, porque desde luego existen sujetos con problemáticas emocionales profundas que pueden influir en que realicen actos impulsivos en contra de terceros y aunque parezca algo paradójico, estos actos también les generan sufrimiento a sí mismos. Si estas personas tienen la posibilidad de asumir como doloroso su actuar, existe oportunidad de brindarle atención, sin que esto llegue a ser fácil. También cabe señalar que todos en algún momento podemos fungir en ese papel de villano para alguien más (claro, nadie es perfecto), podemos convertirnos en “personas tóxicas” ya sea con intención o sin ella, pero lo que nos pondría en un lugar contrario al que ocupa el psicópata, es precisamente la presencia de la culpa, el arrepentimiento real, el deseo de reparar la falla que se cometió ya sea con el agraviado o en algún otro lugar, siendo una condición transitoria, errores que se intenta no volver a cometer.


Los villanos de la vida real. The Joker.

Por último tenemos el tercer camino, que es el trabajo personal, en el que se uno mismo tiene que detenerse a atender las situaciones o conflictos en los que atravesamos y que su vez nos hacen susceptibles a vivir situaciones de violencia o de abuso de terceros, de allí que es importante recordar que el psicópata tiende detectar los puntos endebles de la personalidad de la víctima, ya sea de necesidades afectivas o estados emocionales vulnerables. Por ejemplo, un estado de sensación de soledad o la depresión pueden ser factores de los que alguien con psicopatía puede sacar provecho, incluso acrecentando ambas a través de agresiones verbales, devaluando a la persona o alejándola más de los vínculos o redes de apoyo de terceros (como es de la familia y amistades) para incrementar la dependencia hacia el agresor. Una herramienta eficaz es la reflexión acerca de nuestro estado emocional, entre mayor es la auto crítica y baja autoestima, también resulta más complicado el encontrar herramientas para enfrentar estas adversidades.


Asimismo, es importante explorar y pensar cuales son las condiciones que nos llevaron a vincularnos en relaciones de peligro, siendo de utilidad identificar si en nuestra familia de origen existió violencia. Hay que recordar que en muchas ocasiones repetimos historias familiares y la forma en que aprendemos a vincularnos en la familia, son de gran influencia en las relaciones de amistades y de pareja que hacemos posteriormente en la etapa adulta. Al momento de darnos cuenta de la presencia de estas situaciones vulnerables, es indispensable solicitar ayuda de nuestros allegados y acudir a atención psicológica profesional.


Nadie está exento de ser víctima de un “villano”, tampoco es culpa de quien sufre de algún conflicto emocional el ser objeto de violencia, pero los recursos que desarrollemos nos brindaran herramientas para movernos de lugar y encontrar soluciones a este tipo de situaciones complicadas.

 
 
 
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