Mi experiencia como maestra de adolescentes

Actualizado: mar 8



Cuando decidí iniciar mi experiencia como maestra de adolescentes me sentía en parte entusiasmada y en otro tanto nerviosa por el reto que implica estar frente a un salón de clases, y mucho más el tener frente a mí un grupo lleno de adolescentes. Por que ser maestro de adolescentes involucra paciencia, escucha y el romper paradigmas que acompañan tanto a esta etapa de la vida como a la profesión misma del docente.


Al inicio llovieron comentarios como "¿Por qué adolescentes?!Qué complicado!", "yo ni loco (a) trabajaba en algo así", "adolescentes todos inquietos, mejor no." Y frases similares, lo cual aumentaba más mi nerviosismo e incluso en momentos miedo.


Ahora, con el paso de algunos años, no me arrepiento de mi decisión.


Siempre he considerado que el lugar del maestro es de suma importancia para poder hacer un cambio a nivel sociedad, no sólo en lo académico, si no también en la vida de las personas. Creanlo o no, muchos de nosotros tenemos el recuerdo de alguno de nuestros maestros al que le teníamos respeto y que influyó positivamente en nuestra historia. Sin duda, fueron maestros que estaban comprometidos con su profesión y sus alumnos, aquellos que realmente se preocupaban en que lo que impartían lo pudieran comprender y dejar huella en quienes escuchaban. Esos maestros son los que dejan marca, no los que sólo iban a llenar un espacio en el horario.


No hay materia sencillas ni complicadas, es uno el que se las complica como alumno desde el interés propio o nuestra experiencia con otros profesores. Cada materia es una oportunidad de hacer las cosas diferentes, no sólo en el aprender, si no en la convivencia misma.


Ahora hay muchas escuelas que le invierten a metodologías nuevas de la enseñanza con el fin de captar el interés en los alumnos y en el retar a sus maestros a ser más creativos y que la enseñanza sea más colaborativa que hace algunos años donde el profesor se paraba al frente del salón y se dedicaba a enseñar sin cuestionar a los alumnos e incluso donde su palabra era la única valiosa e irrevocable. Ahora la apuesta es todo lo contrario, se espera que los alumnos colaboren en su aprendizaje de una forma activa. Sin duda en muchas escuelas se logra este propósito pero en muchas otras todavía se hacen intentos, disfrazando "las nuevas perspectivas" pero siendo los mismos métodos y formas de evaluación. Con esto no quisiera caer en la visión de que "tiempos pasados fueron peores", más bien me parece que el hecho de que los años vayan transcurriendo siempre nos convoca a evolucionar y cuestionar qué tenemos para dar distinto.


Tuve la fortuna de trabajar en instituciones donde se preocupaban realmente por el alumno y su situación actual: haciendo entrevistas con los padres, con el alumno y conocer su entorno en casa y el impacto que éste tenía en sus calificaciones y actitud en clase. Tutores comprometidos con la institución y sus alumnos, con los que me tocó colaborar en sostener alguna situación de riesgo dentro y fuera del aula por el bienestar del joven, y también el conocer de otros profesores que eran reconocidos por sus alumnos como sumamente creativos, aunque la materia "fuera la más aburrida de todas".


Por el lado de los alumnos, cada grupo fue una forma de ver distinta los temas vistos en clase. Ellos se mostraban curiosos "por el mundo adulto", querían conocer la opinión de aquellos que ya habían pasado por situaciones parecidas a las que ellos estaban pasando. Alumnos que los primeros días de clase eran retadores y agresivos y el ser testigo de su evolución era realmente un logro, y no por mi, si no porque ellos mismos se iban permitiendo el hablar de su enojo y lo colocaban en formas más sencillas y posibles de entender.


Tuve la oportunidad de conocer historias de vida de los jóvenes actualmente, los medios que utilizan para comunicarse, lo que les preocupa, sus familias y la relación que tienen con sus iguales. Con esto, pude corroborar que realmente los jóvenes no la tienen muy sencilla en diferentes aspectos, que ellos tienen mucho que decir pero hay pocos espacios donde sienten que pueden ser escuchados, o que se les ocurren formas de externar su opinión que de pronto se sale de sus manos por el simple hecho de estar demasiado molestos o cansados de no ser tomados en cuenta.

Era como si estuvieran al pendiente de aquellos que estaban dispuestos a escuchar sin juzgar, y cuando lo encontraban, se permitían hablar, muchas veces para sólo descargar, y luego, al paso de los días llegaban, con una solución a su problema, una solución encontrada por ellos mismos. Siempre he pensado que a veces uno necesita sólo rebotar ideas con alguien para poderse terminar de escuchar y pensar mejor las cosas. Esa puede ser una función vital del maestro de adolescentes.


Sé que con los niños son situaciones distintas ya que muchas veces ellos necesitan más sostén o dirección en su actuar, desde lo básico, pero en el caso de los adolescentes la difícil posición de acompañar es necesaria: ni muy sobre de ellos, ni tan lejanos que no nos encuentren. Ese es el dilema. Pero cuando lo encuentras puedes tener hallazgos sumamente valiosos.


El ser maestra de adolescentes, además de psicóloga, abre la posibilidad de estar inmersos en lo grupal tan necesario para los jóvenes en este tránsito de su vivir. Uno es el adolescente que se atiende en consulta y otro es el adolescente que se sumerge en el grupo con sus amigos y compañeros. Es poder estar en ese momento donde la dinámica se moviliza diferente y uno puede aprender de ellos también.


Sin duda, una de mis mejores experiencias que guardo con cariño y que espero poder continuar realizando ya que todavía queda mucho camino por recorrer porque las oportunidades no son las mismas para todos los jóvenes y aún hay cambios necesarios y vitales para que las nuevas generaciones pueden tener mayor bienestar y espacio para ser ellos mismos.







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